Tras denuncia 1235/F14 de persona anónima por vía telefónica a este cuartel el día veinticinco de julio del año del señor mil novecientos sesenta y cinco, procede el sargento Ledesma a confirmar los hechos denunciados.
Efectivamente, la estatua ecuestre del Excelentísimo Caudillo Francisco Franco ha sido vandalizada y le han sustraído sus partes pudendas (al caballo). Una inspección pormenorizada concluye que el método de sustracción fue usando un cincel y a martillazo limpio. Poco más se puede afirmar, salvo que el vándalo que cometiese semejante crimen se intuye persona poco respetable, nada temerosa de la autoridad, incumplidor de los preceptos de la Santa Madre Iglesia y cojo de la pierna derecha.
A las dieciocho horas y treinta minutos del día trece de agosto, el sargento Ledesma es guiado por unos niños del lugar al patio trasero de la hacienda que en su día fuera hogar de la Ilustrísima familia Corrado-Diéguez, hoy deshabitada. Allí encuentra en perfecto estado de conservación las susodichas partes pudendas, si bien Ledesma observa una irregularidad, al comprobar que existen tres.
Regresados Ledesma y las partes al cuartel para su inspección (de las partes) a eso de las veinte horas, el capitán Sarasola, comentando algo sobre las medidas de la frente de Ledesma en unidad métrica de dedos, se encierra en su despacho. A los veinte minutos, siendo ya las veinte horas y veinte minutos, vuelve a salir el capitán y ordena destruir una de las bolas de piedra, habiendo quedando demostrado que no se trata de las verdaderas partes del caballo del Generalísimo. El resto, las otras dos bolas, son mandadas al taller del pueblo para que, por los medios que allí estimen oportunos, sean colocadas en el hueco que la estatua ostenta actualmente, dando el capitán por concluido el caso.
Dado en Villalar de San Teodosio, el catorce de agosto del año del señor de mil novecientos sesenta y cinco.

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