Me pidió trabajo y, francamente, necesitaba que alguien me echase una mano para talar todos mis olivos: le dije que bueno.
Convenido el precio, se esforzó lo indecible y casi me daba vergüenza comprobar que trabajaba a mejor ritmo que yo, su patrón.
El tirón final lo dimos poco antes de oscurecerse el día. Reunimos los restos en pilas y les prendimos fuego.
Le dije: "espera que me acerco al coche y te doy el dinero convenido".
Estaba alejándome cuando le oí replicar: "nunca te quedes mirando fijamente al fuego. Yo lo hice y no pude evitar meterme dentro. Así morí."
Se me heló la sangre pero me las apañé para darme la vuelta. Allí no había nadie.

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